Aventurados y Bienaventurados

La evolución, Amigos. La vida es así de Maravillosa.

Llega el momento de dejar a un lado rutinas profesionales y aventurarse en la enigmática vorágine de las vacaciones. Sí, esos momentos que se inventaron para el descanso, el placer, el conocer mundos desconocidos, el culto al cuerpo, la desconexión, la fiesta y todo aquello relacionado con el hacer y deshacer atípico de lo que, por norma, hacemos durante la fase laboral continua del año.

Es curioso. Qué diferente son las vacaciones según el momento de vida que se esté viviendo, ¿verdad? Voy a intentar comparar, simplemente, un veraneo en dos etapas de una misma persona con diferentes obligaciones de vida: cuando se es “Aventurado” y cuando se es “Bienaventurado”.

Un ser Aventurado es aquel que vive arriesgándose y es atrevido. Y en época de vacaciones, sea en la montaña o en la playa, en avión o en barco, de día o de noche, usa exclusivamente la etapa estival para cultivar y vivir su ego por encima de cualquier otra cosa. Recuerdo esa etapa de mi vida, sí. Voy a intentar ser moderado en el recuerdo y describir una simple bajada a la playa de cuando yo era Aventurado:

¿Reloj? No existía. Daba igual bajar a las diez que a las cuatro. Se iba cuando uno quería. Se desayunaba fuera la hora que fuese y bañador a la moda, camiseta último modelo, toalla, gafas de sol, silla y en busca de la arena. Parabas en la tienda para comprar la prensa deportiva y te adentrabas en la playa con la única preocupación de buscar un sitio orientado al sol para broncearte desde el primer minuto y allí te sentabas a que “Lorenzo” te las diera todas juntas, escuchando el rumor del mar, inmerso en la importante lectura de los últimos fichajes de la liga y aislándote del mundanal ruido excepto cuando escuchabas el cante del señor de las bebidas diciendo “Coca Cola, Fanta, Cerveza fría…” Escuchar “Cerveza fría” sentado en tu silla baja de playa y orientado al sol era el primer y único aviso que te ponía en alerta. Y allí me aventuraba a hidratar mi garganta con el placer espumoso y divino de una cerveza bien fría mientras mi piel, cual oriundo africano, se bronceaba sin protección, ya que llevar el bote de crema era demasiado engorro para trasladar a la playa. Después te bañabas en lo más profundo, donde no había pie, ese lugar reservado para aventurados libres de preocupaciones, y lo que venía después de lo que acabo de describir era sólo mirar el reloj para subir a comer y siesta, quedar con los amigos, hacer deporte, más cerveza, quedar para salir, cenar, ponerse guapo y a la calle a reír, beber, bailar, ligar y despreocuparse de todo y sin horarios. Así era, a groso modo, mi etapa más sutil de Aventurado.

El ser Bienaventurado es aquel que es afortunado y feliz. Ese que en época de vacaciones, por más que se compliquen las curvas de lo estival, siempre le busca una parte positiva al asunto. Es ese ser que está para todos y para todo y resuelve sobre la marcha. Es ese humano que está a cualquier hora y en cualquier sitio. En mi caso, ser Padre las 24 horas del día y, por supuesto, cómo no, en verano también. Os describo una simple bajada a la playa de mi actual etapa de Bienaventurado:

¿Reloj? Si existe. Y suena temprano con alguna canción o diálogo de Disney Channel. Temprano como las ocho o las nueve, vamos. Tempranísimo pero feliz, ¿eh? Preparas el desayuno y lo comes rápido para activar el modo “bajada a la playa” con celeridad pero feliz. Hablas y das órdenes en un tono alto porque la velocidad y el “hay que irse a la playa” te posee sin medida. Preparas equipaje: bolsita con cremas (para la cara, para el cuerpo, para los labios…), bolsa de las toallas, bañadores de cambios, bolsa con tres cubos de diferentes tamaños, cuatro palas, dos rastrillos, moldes para la arena, cometa, juguetes varios…, sombrillas, una grande y otra pequeña, tabla de surf (que “la podría haber comprado más pequeña, joder”), vas a la cocina y preparas neverita con agua, refresco, cortas algo de fruta para picar y unas patatas (…casi siempre se me olvida la cervecita para mí), otra bolsa con mis cosas donde está el último libro que me han regalado, del que llevo tres páginas leídas y tiene una pinta buenísima (no me da tiempo a parar para comprar la prensa)… y me pongo el bañador de hace un par de años, la camisa holgadita para que la sal no moleste en la frotación a la vuelta de la playa, se te olvidan las gafas, pillas las dos sillas y a la conquista de la playa. Son las nueve y media o diez y, feliz, ¿eh?, camino de la playa tirando de un carrito que has comprado en Ikea cargado con cuatro bolsas a reventar, dos sombrillas y dos sillas, una tabla de surf tamaño Michael Jordan y una nevera que no cierra bien porque has cortado fruta para cuarenta. Llegas a la playa y buscas posicionar las sombrillas para que “Lorenzo” ni nos roce. Que además, hincando el palo de la sombrillas notas como en la zona lumbar hay algo que se mueve, tipo contractura, y no sabes bien por qué, “si estoy de vacaciones”, pero feliz, ¿eh?. Llega el momento de embadurnarse de crema y cuidado con la arena. Cuando terminas de poner la crema de la cara, cuerpo y labios, hay partes de uno que parecen listas para empanar por la cantidad de mezcla de crema y arena que vistes. Y toca el momento hacer castillos y te conviertes en Florentino Pérez. Si no haces 4 mega construcciones en 1 hora no cubres expediente y, antes de la deshidratación, llegas al momento baño con tabla de Michael Jordan que roza tu cuerpo y escuece que no veas (…en la tabla te montas más tu que tu hijo). Como comprenderéis se escucha también el cantar de “Coca Cola, Fanta, Cerveza fría…” pero lo único que te apetece es agua fresquita en los 5 únicos minutos de repostaje que te dan de chance para sentarte sobre las doce y media de la mañana. Pero feliz, ¿eh? Miras el reloj y subes a comer previo baño en la piscina y, de ahí hasta el final del día, lo que viene después es o más piscina o más playa, deberes de verano, vestirse para dar un paseo, castillo hinchable, vuelta en un tren turístico, bicicletas, tiendas de los hippies, cena, un poquito más de Disney Channel y a eso de las once de la noche, cuando ves que los aventurados salen a tomar unas copas, es cuando llega el descanso del bienaventurado. Da la casualidad de que empieza una peli chula en la tele y, a los diez minutos, te quedas dormido y no las ves… pero feliz, ¿eh?

Cada etapa tiene su encanto, claro que sí. “Aventurarse” es un acto de simple elección y “Bienaventurarse” es una obligación divina, claro está. Y desde aquí puedo asegurar que cada etapa de vida la he disfrutado y disfruto con toda la certeza y dedicación. Por el simple motivo de que cuando se deja de ser Aventurado haces que lo sean los que dependen de ti y, como decía la literatura griega, los Bienaventurados son seres que están por encima de las penas y fatigas de esta tierra. Seamos dichosos en el descanso, queridos amigos, y disfrutemos de bañarnos en lo más hondo y también haciendo castillos de arena. Cada descanso está en uno mismo y es inútil buscarlo en otra parte.

Feliz Verano… pero, por favor, feliz, ¿eh?

Alejandro Vega

 

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