MI FE Y MI CAMINO

A mi me vais a perdonar. Pero dentro de esta vorágine en la que nos vemos circulando, y sometidos a una convulsa manifestación de expresiones sociales donde el exabrupto, la intolerancia y la desazón son los pilares más utilizados por los de a pie aprovechando resquicios que, por desgracia, nos toca vivir, hay ciertas cosas que me niego a dejar a un lado: el ejemplo, la educación y las enseñanzas de mis padres. Esos momentos de conversación y vivencias donde el aprendizaje, el apoyo, la respuesta, la atención, la experiencia y el amor fueron causantes de mis gustos y prioridades hoy en día. Y lo mejor de todo es que no sólo los sigo cultivando y adaptando a mi momento actual, sino que también comienzo a ser el ejemplo y el guía de un ser que depende de mi. Y qué bonito es enseñar lo enseñado, ¿verdad? Aunque lo adaptemos a nuestra forma actual de ser y vivir, claro está. Por eso mismo me siento incapacitado para negar la evidencia de hacer aprender lo que a mi me ha hecho ser una persona de bien, con mis defectos y mis virtudes. Esas cosas que marcan para toda la vida. Esos instantes marcados en la formación como persona. Y permitidme contaros algo que para algunos será una auténtica estupidez y para otros os sonará a cercano.

Porque voy a escribir sobre la FE. Eso que todos tenemos y cada uno denomina y utiliza a su manera. Porque se puede tener fe y no ser un soñador. Porque se puede creer y no ser un ciego. Porque se puede ser religioso sin ser prehistórico. Porque la fe mueve montañas y yo soy uno de los que empuja para ello. Porque mi fe es la que me enseñaron mis padres y será lo que llegue a enseñar a mis hijos. Porque la fe no sólo no hace daño sino que une. Y cuando hablamos de fe, hablamos de ganas de vivir. Y ya sabéis que a eso me apunto sin medida. Porque mi fe no es ni mejor ni peor, no es cuestionable. Es la que es por principios, por experiencias y por valores. Y no contéis conmigo para decir que la fe de cualquiera es menor o sin sentido, no. No pretendo ser un tonto a las dos y poner en duda la fe de mis semejantes. Aquí cada uno cree en lo que quiere. Y yo siempre respetaré las creencias de los demás siempre y cuando estén basadas en la buena voluntad, en el amor a la vida y en la expresión del respeto. Así cualquier tipo de fe tiene su sentido. Es por ello por lo que quiero dejar constancia de mi fe y mi manera de entenderla. Por el simple motivo de que considero que me ha hecho ser una persona tolerante, respetuosa y con ganas de disfrutar la vida por muy mal que se presente.

Yo soy cristiano. Creo en Jesucristo como figura histórica. Intento seguir su palabra. Sí, para algunos un “qué le vamos hacer” y para otros una cuestión de fe, claro está. Me he criado en un entorno religioso y educado en un colegio de jesuitas. He echado los dientes en una hermandad de gloria de Sevilla a la cual pertenezco hace más de 30 años. Y creedme: no cambiaría nada de lo que he vivido en todos estos años. He conocido en esos círculos todo lo que soy hoy en dia y quiero dejar constancia de ello:

Conocí la AMISTAD. Uno de los divinos tesoros de la vida. Eso que hace que nunca estés solo. Eso que se ejercita con los mismos gustos, con el saber escuchar, con el estar siempre, con el compartir lo que se tiene, con el hacer camino y construir momentos históricos que quedarán marcados para siempre. Eso de “Amigos de toda la vida” es cierto porque aún lo vivo y lo comencé a forjar hace muchos años ya. Y algunos somos compadres porque somos referencia de nuestros hijos. Y algunos somos simplemente indispensables por el simple hecho de que nos gusta disfrutar las cosas juntos. Y porque estoy seguro de que estaremos en el último suspiro.

Conocí el AMOR. En su máxima potencia y expresión. El amor hacia otra persona, me refiero. Ese Amor que todo lo puede y todo lo construye. Esa explosión interior de ganas de vivir para siempre a su lado. Ese me gusta todo hasta sus defectos. Esa sensación de ganas de gritar y que se entere todo el universo de que te quiero. Eso que te permite soñar con sembrar un camino vacío y convertirlo en la mayor de las primaveras en flor. Ese Amor que por primera vez te pone derecho, que te hace prevenir, que te alerta, que te duele, que te puede, que te cuida, que te hace grande. Ese Amor que es simplemente entrega. Ese Amor que no se puede comparar con nada. Ese Amor que es solo Amor y nada más.

Conocí el TRABAJO. Eso que sirve para construir y se puede hacer de manera individual o compartida. Lo de empujar en la misma dirección y luchar contra vientos y mareas. Lo de crear donde nada existe. Lo de entregarse como profesional por caridad o por dinero. Lo de servir a los demás aspirando a un mundo mejor. Lo de fajarse cuando te necesitan y luchar a favor de la alegría. Ese trabajo que te arruga y te preocupa pero que también te hace sentir vivo, necesitado y excelente. Eso que puede cambiar pero no debe faltar. Eso que tiene que ver con el empeño, la dedicación y la inteligencia. Eso que lleva pan a las casas y paga las facturas.

Y conocí el ser PADRE. Eso que es indivisible, infranqueable y para siempre. Eso que lleva tu sangre y tu genética. El mayor de los privilegios después de nacer: dar vida. Eso que no se llega a aprender del todo pero que sí se puede descubrir poco a poco. Eso que te planta sobre la tierra de manera firme sin posibilidad de dudar. Eso que te hace tomar decisiones, que te convierte en experto de todo, que encadena con alevosía porque así lo decidiste. Eso por lo que se vive por dos, por cuatro o por mil. Eso que cambia el horizonte, las entradas y las salidas. Eso que es lo más maravilloso que he vivido y que tengo.

Pues todo esto se lo debo a mi fe y a mi manera de entenderla. Y todo esto, aunque pueda resultar extraño para algunos, se lo debo a una vida en hermandad. Porque allí fue donde lo conocí y me hice como persona. Os preguntaréis que si sólo he conocido eso, ¿no? Que algo malo también ha debido haber, ¿verdad? Por supuesto: el desamparo, la enfermedad, la ruptura, la equivocación, el desapego, la incredulidad, el egoísmo, la hipocresía y un sinfín de momentos feos, duros y sin razón. Pero todo eso pasa a ser positivo cuando se aprende con fe de mejorar. Ya lo veis, todo es cuestión de fe. Lo bueno y lo malo que toca vivir.

Me extiendo, lo sé. Y por eso os pido perdón. Pero cuando hablo de creencias no puedo evitar conjugar cada uno de mis motores de vida. Y más aún si cabe cuando hoy en día hay una falta de comprensión absoluta hacia la opinión de los demás. Es como cuando escucho hablar del CAMINO del ROCIO sin tolerancia. Eso es un tema aparte. Eso de la farándula, el libertinaje, la fiesta, lo prohibido y la bacanal de lo desconocido. Señores, por favor, hablemos con propiedad y conocimiento:

Que el romero florece durante todo el año. Que se cuida con amor de generación en generación. Que la romería es una semana de expresión religiosa para muchos y que así la entendemos. Que ser Rociero no es ser un monigote de feria. Que eso se aprende desde pequeño y que se decide con mayoría de edad y conocimentos. Que es una vida llena de caridad, oración y amor al prójimo. Que se peregrina para dar testimonio de fe. Y como cristianos se adora a una Virgen Madre de Dios que está en el corazón de las personas que creemos en las marismas eternas. Que durante el camino se bebe, sí. Que se canta, también. Que se ríe, por supuesto. ¿Pero por qué no puedo vivir con felicidad un momento así? ¿Quién lo prohibe? ¿Dónde está escrito que eso así no puede ser? ¿Por qué cuando se reza en silencio nadie dice ni “mu”? ¿Por qué yo soy capaz de escuchar y tolerar a alguien que crea en la anarquía y la república y a mi no se me entiende cuando digo que soy Rociero?

Pues permitidme que escriba, para acabar, que caminar desde mi casa hasta la ermita de mi Virgen y volver después de una semana de vivencias inolvidables llenas de religiosidad, amistad y amor, para mi tiene un sentido supremo. Porque así lo aprendí de mis padres y así se lo enseñaré a mis hijos. Porque todo lo bueno que tengo en mi vida se lo debo a mi vida en hermandad y a mi fe cristiana y rociera. Y sobre todo a mi esfuerzo por ser tolerante para con los demás y mis ganas de vivir en la comprensión absoluta de cualquier manifestación religiosa o atea. A mi no me importa de qué color seamos. Lo que realmente me importa es lo que aportamos para lo bueno de la vida. Y en todo lo que llevo vivido no conozco a nadie que haya hecho mal siendo rociero.

Invito desde aquí a todos aquellos que piensan que la peregrinación hacia la aldea del Rocío es una patochada a vivirla conmigo un año de estos. Eso sí, aviso: dejad hueco para llenar el corazón con AMISTAD Y AMOR y preparaos para formatear vuestras opiniones al respecto, porque quien lo vive una vez, nunca jamás se olvida de que el Camino del Rocío es un momento del año lleno de felicidad y religiosidad.

Y con fe diréis eso de “yo quiero volver”. No me cabe la menor duda.

Gracias a todos por leer hasta el final.

Alejandro Vega

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